domingo, 24 de junio de 2007

Cuando alguien llega en el momento preciso

Ya lo sé, suena cursi, pero en estos momentos la cursilería me importa poco. Es indudable que la vida es mejor cuando la compartes con alguien que quieres y te quiere. Eso me sucedió. Mi vida (¿tenía vida?) se convirtió en algo mágico, emocionante, traumático, feliz, conflictivo, tierno, apasionado, contradictorio, eufórico, sublime, alocado, doloroso y más. En pocas palabras, comencé a vivir.

"¿Por qué yo?" Me preguntó. No supe qué contestarle. Tal vez no existen respuestas coherentes. Es simplemente que cuando el amor se para frente a ti con esos ojitos, con esa mirada, con esas palabras, con los brazos abiertos, no puedes ser inmune a ese virus.

Porque el amor es un virus causante de una enfermedad que disfrutamos: el amar. Y todos somos masoquistas. Yo me incluyo. Nos regocigamos con la fiebre, los escalofríos, los temblores, la taquicardia, la adrenalina fluyendo por todo el cuerpo. Sentimos la delicia del amor.

Sin embargo, cuando otros virus externos, ajenos y muy patógenos se entrometen, provocan una mutación en la enfermedad. El dolor se vuelve agudo e insoportable; entonces para sanarlo necesitas eliminar la etiología. Lo malo es que, cuando te das cuenta, esos patógenos han invadido sin piedad el organismo y la única solución es finiquitar la enfermedad.

Ojalá fuera tan fácil. Ojalá no fuera tan doloroso. Ojalá no me rehusara a dejar esa enfermedad. Ojalá esos virus extraños se murieran, pero qué ilusiones me hago si sé que no se mueren, sólo se apaciguan y están ahí, latentes.

Pero no me arrepiento de nada, a pesar de todo es lo mejor que he vivido. Y a él le doy gracias por llegar en el momento preciso, por regresarme a la vida aunque ahorita siento que me la quita. Siempre voy a querer a mi bebé, siempre.

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